Se dice que don Jacinto Benavente, el célebre dramaturgo español, dijo hace casi 100 años que San José era «una aldea alrededor de un teatro».
Si así veían a la capital en aquella época, ¿cómo describir entonces a mi pequeño pueblito, Tres Ríos? Aquel rincón tranquilo, a 11 kilómetros al este de San José, donde los cafetales parecían no tener fin, las calles aún eran de tierra y la brisa fresca siempre traía consigo el aroma de la vida y la alegría.
Un lugar donde la infancia se vivía sin prisas, con la libertad de explorar sin miedo y la certeza de que cada rincón guardaba una nueva aventura.
En aquellos años, una de mis mayores alegrías era ir por las tardes a una laguna con otros chiquillos del barrio. Un sitio mágico, a unos 30 minutos a pie desde el centro del pueblo.
Ahí se sabía quién era quién. Los mayores se retaban en concursos casi de nivel campeonato, lanzando piedras planas sobre la superficie del agua, logrando que rebotaran varias veces antes de hundirse.
Yo lo intenté muchas veces, pero nunca lo logré. Siempre quedaba descalificado en la primera ronda. Así que, en lugar de eso, encontré otro entretenimiento menos vistoso, pero más alcanzable: lanzar piedritas y observar cómo el agua reaccionaba.
Pero lo que más me fascinaba no era el sonido del impacto, sino las ondas que se formaban y se expandían en círculos cada vez más grandes. Me quedaba hipnotizado, preguntándome hasta dónde llegarían antes de desaparecer.
Eran momentos interminables, como si la laguna misma no tuviera fin. Claro, todo era inmenso para mí en aquel tiempo.
Un recuerdo que regresó con fuerza
Aquel recuerdo quedó encapsulado en mi infancia, dormido en algún rincón de mi memoria, hasta que un día, ya en mi vida profesional, durante una charla sobre gestión del cambio, el expositor dijo:
«Todo cambio debe ser concéntrico. Y así como el número 111, inicia con uno, sigue con un
o y termina con uno.»
No sé por qué, pero en ese instante, recordé la laguna.
Recordé mis piedritas, recordé las ondas que se formaban, y fue como si un búmeran lanzado en el pasado me golpeara en la frente.
Y me di cuenta de algo: el cambio funciona exactamente igual que esas ondas con las que me divertía de pequeño. Quizás, en aquel entonces, no entendía lo especial que era crecer en un lugar así. Pero ahora, al volver a recordar, me doy cuenta de que aquellas memorias no estaban perdidas, solo aguardaban el momento correcto para regresar.
El cambio no es un salto, es una expansión
Vivimos en una cultura que nos dice que los cambios deben ser radicales, inmediatos, casi cinematográficos. Nos hablan de «reinventarnos», de «dar un giro de 180 grados», de «salir de la zona de confort».
Pero, ¿de verdad el cambio funciona así?
- El cambio real no sucede de golpe.
- El cambio no es un salto al vacío.
- El cambio es algo que se expande, poco a poco, a partir de una decisión.
Así como una piedrita en la laguna genera ondas que crecen progresivamente, cualquier transformación empieza con una acción pequeña que, con el tiempo, impacta mucho más de lo que imaginamos.
Tal vez cambiar algo en nuestra vida o en nuestro entorno no se trata de hacer grandes revoluciones, sino de lanzar la primera piedra y permitir que las ondas hagan su trabajo.
¿Hasta dónde pueden llegar nuestras ondas?
El agua nos enseña algo poderoso: no siempre vemos hasta dónde llegan nuestras acciones.
- A veces, hacemos algo que creemos insignificante, pero termina inspirando a alguien más.
- A veces, decimos unas pocas palabras que resuenan en la mente de alguien por años.
- A veces, un pequeño cambio en nosotros mismos se expande hasta transformar nuestro entorno.
Así funciona el cambio. No ocurre de un solo golpe, sino que se propaga con el tiempo. Una Piedrita Puede Cambiarlo Todo
La laguna de mi infancia sigue existiendo, pero hoy me parece mucho más pequeña de lo que la recordaba. Lo que cambió no fue la laguna, sino mi percepción de ella.
Y quizás, en la vida, pase lo mismo con el cambio: a veces lo vemos como algo inmenso y fuera de nuestro alcance, pero cuando nos atrevemos a dar el primer paso, nos damos cuenta de que no era tan imposible como creíamos.
- El secreto no está en hacer cambios gigantes, sino en empezar con una acción pequeña, como una piedrita lanzada al agua.
- Porque una sola piedrita en la laguna puede hacer que las ondas lleguen más lejos de lo que imaginamos.
- Porque el cambio, al igual que las ondas en el agua, empieza con algo pequeño y se expande más allá de lo que imaginamos.
«Todo cambio empieza con una piedrita en el agua. ¡Ahora las ondas comienzan a expandirse!»
Un viaje que apenas comienza
Hoy doy inicio a una serie de artículos que nos invitarán a cuestionarnos, a desafiar nuestras propias limitaciones y a descubrir cómo podemos hacer frente al cambio y a la expansión.
A lo largo de esta serie, exploraremos juntos cómo nuestras decisiones más pequeñas pueden generar grandes transformaciones, tanto en nuestra vida personal como en nuestro entorno.
¿Hasta dónde pueden llegar nuestras ondas?
Nos vemos en el próximo artículo:
José Aurelio Jiménez
Aliado estratégico de Fabián Zolo e invitado del programa De Cerca y Personal.